Por: Gustavo Silva González ( g.silva@mexicotravelchannel.com.mx )
Descubre la historia real detrás de las trajineras de Xochimilco, su evolución desde la época prehispánica y el romántico motivo de sus nombres femeninos.
Para quienes han tenido la oportunidad de navegar por los canales de Xochimilco, sabrán que la experiencia es única.
¿Qué tal hacerlo al amanecer mientras un aire fresco choca contra tu rostro, o por la tarde para celebrar a un ser querido al ritmo de mariachi o marimba, o qué tal durante la noche para pasarla increíble entre amigos…?
Sin duda, disfrutar de esos momentos es una experiencia que hace de un paseo en trajinera en Xochimilco -en la CDMX- una vivencia imborrable; con deseos de volver a vivir.
Y es que Xochimilco no es solo un destino turístico. Es un organismo vivo que respira historia y tradición en cada rincón.
Uno de los elementos que más curiosidad despierta en el visitante, es la delicada costumbre de bautizar a estas coloridas embarcaciones con nombres femeninos.
Detrás de las letras de colores y los arcos de flores se esconde una historia de galantería, transformación social y un profundo respeto por las raíces prehispánicas que aún hoy define la identidad de la capital.

De acallis a trajineras: Un legado acuático de mil años
Antes de ser los íconos festivos que conocemos hoy, las trajineras cumplían una función vital para la supervivencia de la cuenca de México.
En la época prehispánica, los habitantes de Xochimilco desarrollaron un sistema de navegación basado en pequeñas canoas llamadas acallis o cayucos.
Estas embarcaciones eran herramientas de trabajo esenciales para los chinamperos, quienes las utilizaban para transportar hortalizas, flores y lodo fértil a través de la vasta red de canales que conectaba la zona sur con el gran mercado de Tlatelolco.
La trajinera, tal como la conocemos, es una evolución técnica de aquel transporte ancestral.
Originalmente eran balsas planas sin techo ni adornos, diseñadas exclusivamente para la eficiencia del comercio.
Con el paso de los siglos y la desecación paulatina de los lagos, Xochimilco se convirtió en el último reducto de este sistema agrícola único en el mundo.
La transición de una herramienta de carga a una embarcación de recreo fue un proceso lento que comenzó a finales de la época colonial, pero que alcanzó su máximo esplendor durante un periodo de grandes cambios sociales en nuestro maravilloso México.

El Porfiriato y la metamorfosis de los canales hacia el placer
Fue durante el final del siglo XIX y principios del XX, en la época conocida como el Porfiriato, cuando Xochimilco se transformó radicalmente en un destino de ocio.
La alta sociedad mexicana de aquel entonces, influenciada por las modas europeas, comenzó a buscar espacios de esparcimiento al aire libre que ofrecieran una experiencia pintoresca pero sofisticada.
Los antiguos canales de riego se convirtieron en avenidas acuáticas para los “catrines” -los hombres elegantes de la época- que acudían con sus familias o pretendientes a disfrutar de un día de campo flotante.
Para satisfacer las demandas de confort de estos nuevos visitantes, los dueños de las canoas comenzaron a realizar modificaciones estructurales. Se instalaron techos de madera para proteger a los pasajeros del sol, se agregaron sillas para mayor comodidad y, lo más importante, se comenzaron a adornar las fachadas de las embarcaciones con arcos de flores naturales.
Fue en este momento de efervescencia turística cuando nació la necesidad de distinguir a una embarcación de otra, dando paso a una de las tradiciones más queridas de los canales.

El secreto de los nombres: Un homenaje a la conquista y al afecto
La razón por la cual las trajineras llevan nombres de mujeres no es una casualidad histórica, sino un reflejo de la galantería y el romanticismo de la sociedad porfiriana.
Los catrines que alquilaban las embarcaciones para agasajar a sus acompañantes solían pedir que el arco de flores llevara el nombre de su amada, su hija o su madre como un gesto de distinción y celebración.
Con el tiempo, los dueños de las trajineras adoptaron esta práctica de manera permanente para atraer a más clientes, bautizando a sus barcas con nombres clásicos como “Lupita”, “María” o “Margarita”.
Este gesto de “conquista” a través de las letras florales se institucionalizó como un estándar de identidad.
Aunque originalmente las flores eran naturales y se cambiaban cada pocos días, la evolución hacia el uso de papel maché y pasta permitió que los nombres se volvieran más elaborados y duraderos.
El nombre de la mujer en la trajinera se convirtió en un símbolo de la “mujer mexicana” idealizada, un concepto reforzado décadas después por la cinematografía de la Época de Oro, particularmente con la película María Candelaria (1943), filmada en estos mismos canales por Emilio “El Indio” Fernández.

Patrimonio y conservación en Xochimilco (¡con todo y nuestro querido ajolote!)
En la actualidad, las trajineras no son solo un transporte romántico. Son el último vestigio vivo de una civilización que supo convivir en perfecta armonía con el agua.
Reconocidas por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1987, estas embarcaciones y el sistema de chinampas que las rodea enfrentan desafíos modernos de sostenibilidad y cuidado ambiental.
Los esfuerzos de los embarcaderos se centran en la preservación de los canales y la protección del ajolote (Ambystoma mexicanum), asegurando que el turismo sea una fuerza positiva para la regeneración del ecosistema.
Visitar Xochimilco y subir a una trajinera con nombre de mujer es, en esencia, participar en un ritual de memoria colectiva. Es honrar el trabajo de los antepasados xochimilcas y la elegancia de una época que decidió que el agua debía ser el escenario del afecto.
Cada vez que una trajinera bautizada se desliza por el espejo de agua, nos recuerda que, a pesar de la modernidad, México sigue siendo un país donde la historia y el amor tienen un lugar privilegiado en la superficie.

Un paseo por la identidad mexicana
Conocer el origen de las trajineras y el porqué de sus nombres nos permite apreciar este destino con una mirada mucho más profunda.
Xochimilco sí es fiesta, pero también -o mucho más- es un santuario de resistencia cultural y un monumento a la belleza femenina que ha inspirado a generaciones de poetas, artistas y enamorados.
Por cierto. ¿Te gustaría vivir esta experiencia? ¿Ya te subiste a una y disfrutaste de un gran recorrido?
¡Estamos seguros que la pasaste increíble!
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