¿Celoso empedernido? Cuidado, de ese sentimiento surgió la leyenda de La Quemada en CDMX

Para evitar los actos violentos de un enamorado, una doncella se flageló con la intención de poner fin a estas barbaries.

La Quemada
Foto: Jakub Krechowicz/Shutterstock.com

Ahora mismo te vamos a contar por qué durante muchos años la calle de Jesús María en el Centro Histórico, fue conocida como La Quemada, gracias a una leyenda que surgió a mediados del siglo XVI, cuando llegó a la antigua Ciudad de México una joven de 20 años llamada Beatriz, en compañía de su señor padre, Gonzalo Espinosa de Guevara.

Provenientes de Villa de Illescas en España, donde poseían una gran fortuna, que por supuesto su progenitor se encargó de incrementar en el nuevo mundo, con el desarrollo de negocios, minas y encomiendas. Así que poseían una de las viviendas más fascinantes, dentro de una de las calles más exclusivas de la época, que más tarde sería reconocida como La Quemada.  

Sin embargo, su riqueza no se comparaba con la gran belleza que poseía su hija, de delicada blancura en su piel, con un cuerpo perfecto, rostro angelical y hermoso, además de una sedosa cabellera que caía hasta su espalda. Se dice que también era bondadosa con las personas: ayudaba a los enfermos y a los más necesitados.

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¿Cómo surge la leyenda de La Quemada?

Todos estos encantos hacían sucumbir a más de uno de los caballeros de la época, varios pidieron su mano, pero la joven de 20 años a ninguno aceptó. Finalmente conoció al marqués de Piamonte, un apuesto italiano del que quedó perdidamente enamorada, pero esto no desanimó a otros pretendientes, que continuaban visitando a la doncella.

Celoso, el marqués de Piamonte terminaba retando a los caballeros hasta dejarlos heridos, casi muertos. Beatriz sufría ante los hechos, pero al ver que su amado jamás desistió de tal crueldad, se sacó los ojos para después clavar su hermoso rostro en el fuego, y dar fin a los actos violentos. Desde ese momento fue reconocida como La Quemada.

La chica pensó que con este flagelo el italiano dejaría de amarla y de provocar los duelos, pues se sentía culpable de tales barbaries. Cuando el marqués se enteró, corrió hasta su encuentro, ella estaba sentada con un velo que cubría su faz, manchado de sangre y carne negra. Apenado, le descubrió el rostro y se arrodilló ante ella suplicando perdón. 

Con llanto en los ojos, le dijo a Beatriz que la amaba no por su belleza física, sino por su calidad moral, generosidad, bondad y por la grandeza de su alma. Así fue como llegaron al altar, en el templo de La Profesa. Ante este acto de amor, se nombró a la calle como La Quemada, en memoria de esta leyenda.

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